La historia de un barahonero y su viaje en yola a Puerto Rico
By El Barahonero
sábado, 10 de diciembre de 2011
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| William Batista (Foto Master) |
-"Era el año 1996, me estaba comiendo un "cable de acero inoxidable" en mi querida Barahona. Eran los tiempos en que venían los dominican-york con los bolsillos llenos de dinero, con modernos carros y vestidos al último grito de la moda. Todos los jóvenes de la época soñábamos con irnos a Nueva York para hacernos millonarios como los viajeros que venían de esa gran urbe y nos vendían el sueño de que allí se recogía el dinero en las aceras y cunetas.
Estando sentado frente a mi casa, debajo de un árbol de almendro, se me acercó un "amigo" y me ofreció coger la yola para Puerto Rico, me dijo que el viaje era un "tiro tieso" y muy barato, cinco mil pesos, que el organizador de los viajes ya se había llevado a medio Barahona. Que las yolas eran de primera y que el "Cónsul" (organizador del viaje) tenía buenos contactos con las autoridades. El tipo me lo pintó tan bien que entré en irme en el próximo viaje. Lo que no me dijo "el reclutador" fue que por cada diez personas que el conseguía le llevaban un pasajero gratis, cosa que aprovecharía para irse él y llevarse a miembros de su familia.
Hice cincuenta líos para conseguir los cinco mil pesos. "El reclutador" me llevó donde el "Cónsul" a quien le entregué el dinero, él nos dijo el lugar, el día y la hora que el viaje saldría. El día llegó y nos reunimos en una casa de la calle Mella, en Barahona. Ahí nos juntamos unas 130 personas, nos explicaron como sería la travesía de Barahona a La Cueva, en Miches. Llegaron dos minibuses que tenían capacidad para 66 pasajeros cada uno.
Salimos de la calle Mella y cuando íbamos por la avenida Luperón, cerca del Arco, nos detuvo la policía. Los policías hablaron con el "Cónsul", este se metió una mano en el bolsillo de su pantalón, sacó algo y se lo pasó al que parecía comandar al grupo de "agentes del orden", con eso los convenció y nos dejaron ir. Enfilamos camino a la capital y el viaje transcurrió sin ningún inconveniente.
Llegamos a Santo Domingo y paramos en la avenida México esquina Juana Saltitopa ha recoger otro minibus lleno de viajantes capitaleños. Seguimos viaje hacia Higüey, allí nos detuvo la policía y el "Cónsul" le dijo a los agentes del orden que habíamos ido a esa ciudad a disfrutar de las fiestas patronales, que por casualidad se celebraban por esos días. El jefe del grupo de policías le creyó, pero no sin antes el cónsul volver a meterse la mano al bolsillo y entregarle algo que no pudimos ver de que se trataba.
En Higüey paramos en una casa de un contacto que tenía el Cónsul, los minibuses retornaron a Barahona y tomamos otros vehículos que nos llevaron a La Cueva, en Miches, donde esperaríamos la salida de la yola con destino al "paraíso soñado", Puerto Rico, y desde allí la mayoría teníamos pensado seguir camino hacia Nueva York a hacernos ricos, ha recoger billetes en las cunetas.
En el monte la cosa se puso fea, los mosquitos nos querían comer vivos, las arañas parecía monstruos, los ciempiés eran gigantes, no había agua potable y teníamos que dormir a la intemperie. Duramos como diez días para salir rumbo a Puerto Rico. Finalmente salimos, la yola era grande, pero frágil. Cuando salimos la gente empezó a inyectarse medicamentos para el mareo, unos se metían Diazepam, otros inhalaban cocaína y fumaban marihuana, aquello parecía un manicomio.
Todo iba bien, el mar estaba en calma, cuando ya llevábamos unas cuantas horas de viaje todo se puso oscuro; sin ninguna razón la gente empezó a gritar y a pedir auxilio, aquello era una locura. Una mujer gritó: -"mira ese tiburón se va a meter en la yola"- Pero era mentira, la mujer alucinaba. Otro dijo que su mamá, que estaba muerta, lo estaba llamando desde el mar. La mayoría de la gente vomitaba, el mar se enfureció, la yola crujía como si se fuera a partir. Se oían oraciones, gritos, crujir de dientes, maldiciones y la voz del capitán que llamaba a la calma. Yo nunca había visto un infierno como ese ni en películas.
Cuando llegamos al Canal de la Mona a la yola se le hizo un boquete, la gente se quedó como hipnotizada, paralizada, un muchacho y yo empezamos a sacar agua, nadie quería ayudar, todos estaban como locos. Le quitamos las camisetas a unos cuantos pasajeros y tratamos de tapar el hoyo, pero todo era imposible, la yola cogía demasiado agua. Cuando vi eso miré al cielo y me encomendé a Dios.
De un momento a otro la yola voló por los aires, cayó en peso y se partió en dos. Vi la gente volando como si tuvieran alas, luego se hundían, otros nadaban, los gritos eran infernales. No sé si aluciné, pero vi que el cielo y el mar se iluminaban como si fuera un estadio de béisbol. Vi al muchacho que me ayudó a tratar de tapar el hoyo hundirse a unos veinte pies de donde yo estaba y no pude ayudarlo, eso nunca se me olvidará, era el momento de sálvese quien pueda. Empecé a nadar sin saber a donde iba.
Nadaba un rato y bollaba otro rato, descansaba y volvía a nadar. Me atacó un calambre terrible en mi pierna derecha y me hundí buscando el fondo del mar, le pedí a Dios que me ayudara y sentí como si mis brazos se convirtieron en alas y empecé a aletear hasta que salí a flote, eso fue un milagro. Volví a boyar por un rato, cuando descansé empecé a nadar de nuevo. Llegó un momento que ya no podía nadar más, los brazos me pesaban y ya no tenía energía. Vi pasar un embace grande de plástico delante de mí, traté de alcanzarlo y mi cuerpo no respondió, ahí exclamé: ¡Dios mío ayudame, no me dejes morir! Ahí sentí una fuerza que me levantó por los aires y caí encima del galón.
Puse el galón debajo de mí y empecé a nadar como un perrito, una ola me levantó a una altura increíble y vi una playa, mi corazón cogió animo y empecé a nadar con fuerza, pero no lograba avanzar, hasta que oí el motor de una yola y empecé a bocear: ¡Auxilio, aquí hay un vivo! Oí una voz que preguntó: ¿Dónde estás? Y yo volví a gritar: ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! ¡Ayudenme que me muero! La yola se acercó, me subieron y me desmallé.
Desperté en el hospital de Higüey. Una gran parte de mi cuerpo estaba quemado, me sentía débil. Me llevaron a la morgue para que identificara unos muertos que habían rescatado del mar, entre ellos reconocí al joven que me ayudó a sacar agua de la yola y unas mujeres que conocía de Barahona. Se ahogaron 18 personas, milagrosamente se salvaron la gran mayoría. Estuve unos días interno en el hospital y de ahí me llevaron a la cárcel del Ensanche La Fe, en Santo Domingo. A los tres días de estar allí encontré a un barahonero conocido, quien me regaló cien pesos y me dijo que me ayudaría a salir de la cárcel. Ese mismo día, unas horas después, iba yo de camino a Barahona.
Desde ese día cambié mi actitud y empecé a amar mi país más que nunca, me dije: me quedaré en mi país y no arriesgaré la vida jamás para irme a tierras extranjeras en una maldita yola, Aquí es que está Dios. Ahora soy fotógrafo, pintor y sastre. Siempre tengo dinero en el bolsillo y la comida no me falta. Creo que no vale la pena arriesgar la vida buscando un sueño que se puede convertir en pesadilla. Dios me dio una oportunidad y no la voy a desperdiciar. ¡Gracias padre amado!
Nota del editor: esta historia la estamos publicando para que las personas tomen conciencia y no arriesguen sus vidas cogiendo una yola que los puede llevar directo a la muerte. Viajen legal, estudien una profesión o aprendan un oficio para que puedan ganarse el pan de cada día en su tierra. El que te invita a subirte en una yola no es tu amigo y solo busca algún beneficio personal.
Esta historia fue escrita y editada por: Héctor Rafelín Cuello (El Barahonero).
¡¡¡LA VERDAD SIN INSULTOS!!!
(HRCV)


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