¡El desalojo!
By El Barahonero
domingo, 7 de octubre de 2012
15 comments
| Héctor Rafelín Cuello... |
Me contrataron junto a un compañero para hacer un desalojo en un pueblito, yo trabajo para una compañía de vigilantes ("guachimanes"). El trato fue que cuando se hiciera el desalojo mi compañero y yo nos quedaríamos en la propiedad para vigilar que los dueños no volvieran a ocupar el inmueble, todo empezó así:
Un usurero nos ofreció dos mil pesos diarios para cuidar la propiedad después del desalojo, eso es aparte de lo que nos pagaría la compañía. Nos reunimos frente al cuartel de la policía, allí llegó un camión en el que nos subimos mi compañero, veinte policías, un teniente, seis "tigres", que serían los que sacarían las propiedades de los desalojados y yo.
Salimos de la ciudad y nos dirigimos al pueblito para cumplir con el trato. Llegamos al lugar y fuimos a la casa de un funcionario judicial local, quien autorizó el desalojo, el dueño ya tenía una orden del tribunal que dictó la sentencia para desalojar la propiedad en litigio.
Había algo en el ambiente que no me gustaba, todo estaba muy tranquilo, pero había algo raro en el aire, el cielo estaba gris y sin nubes, olía a azufre. Se sentía como si el Diablo nos estuviera siguiendo, a mí se me puso la piel de gallina, la vaina no me estaba gustando.
Llegamos a la puerta del negocio que íbamos a desalojar sin ningún inconveniente, pero no me gustó que un par de personas que vimos en el camino nos miraban y movían la cabeza de un lado a otro y luego se reían. "Yo estaba más chivo que una guinea tuerta".
Entramos al lugar rápidamente, los policías rodearon el local, los "desalojadores" empezaron a sacar sillas, mesas, neveras, congeladores, bebidas, etc. Cuando sacaban uno de los electrodomésticos se le cayó una puerta y el señor que atendía el lugar pegó un grito que le salió del alma: -"Buenos abusadores, esa nevera todavía se debe y mira como la tiran para que se rompa".
Eso fue como una señal de aviso, empezó a llegar gente, salían de todos lados. Venían con piedras, palos y machetes. Del grupo de gente alguien gritó: -"Miren, están metiendo unas cajas de ron al camión para robárselas"-. Ahí se inició la "revolución del desalojo". Empezó una reyerta que pensé nos matarían a todos. La policía hizo disparos al aire, tiraron barias bombas lacrimógenas, pero la gente seguía "combatiendo". Un policía dijo: -"Teniente, esta gente como que las bombas y los tiro los alimentan, cada vez cogen más fuerza".
De momento la cosa se calmó, los policías ni tontos ni perezosos se subieron al camión, el teniente miró para el cielo y dijo: -"Gracias a Dios que salimos de esto con bien". Yo le grité: -"¿Y nosotros que hacemos?"- Él nos miró con pena y dijo: "-Métanse para adentro y tranquen la puerta con candado y no se dejen matar"-. El camión arrancó y nos dejaron solos.
Ese fue el error de nuestras vidas, por dos mil pesos viejos íbamos a morir. El camión con los policías no se había ido bien cuando una turba que parecían miles de personas armadas con piedras, palos, machetes y armas de fuego empezaron a atacarnos. Las piedras caían de todos lados, se oían tiros, nos gritaban cientos de malas palabras, pero cuando se me apretó el pichirrí fue cuando alguien gritó: "-Traigan la gasolina, que los vamos a quemar vivos con todo y negocio"-. Cuando oímos eso mi compañero y yo nos miramos, corrimos hacia la puerta de atrás, la abrimos y corrimos por unos platanales.
Yo nunca había visto tantas piedras juntas; de repente se nubló y mientras corríamos como locos con las escopetas en las manos, miré al cielo y me di cuenta que lo que había tapado el sol eran las piedras que nos tiraban. Luego de atravesar varios platanales llegamos al patio de una casa, brincamos una palizada y nos dimos cuenta que habíamos llegado al cuartel de la policía, eso fue un milagro.
En el destacamento los policías nos trataron bien, pero la gente nos quería linchar y gritaban: "- Que los saquen, que los saquen, que los vamos a quemar vivos"-. Le rogamos al sargento que estaba dirigiendo el cuartel que no nos sacara, por amor a Dios. Yo hasta lloré como un niño y mi compañero se meó en los pantalones. Al sargento parece que le dio pena o no sé si fue para que no le rompieran el cuartelito, pero salió y habló con la masa enardecida.
El sargento habló bien, le dijo a la turba que nosotros eramos un par de guachimanes infelices que nos habían pagado unos chelitos para cuidar una propiedad, que nosotros ni siquiera sabíamos nada del desalojo. Un par de ancianos también hablaron, donde quiera aparece gente buena, y dijeron que nos dieran un chance, que de seguro nosotros jamás volveríamos a ese pueblo ni ha recoger lingotes de oro.
La turba insurrecta se calmó y se fueron retirando poco a poco. Luego de un rato el sargento fue al rincón donde estábamos sentados y nos dijo: "-Muchachos, ya todo se calmó, arranquen ahora antes que esa gente vuelva"-. Yo me paré como si tuviera resortes en las nalgas , mi compañero volteó los ojos como si se iba a desmallar, le dije al sargento, con lagrimas en los ojos, que no nos sacara del cuartel porque nos matarían.
Le pedí que nos regalaran un minuto para llamar al hombre que nos contrató para que nos vinieran a recoger; nos prestaron un teléfono y llamamos al usurero, a quien le explicamos lo que había sucedido, éste nos dijo que eso eran "bultos", que a él le habían informado que eran como siete personas los que nos habían atacado, que volviéramos al lugar, que nos daría mil pesos más, le dije que ni por un millón, que si él quería que fuera con nosotros, solo oí que el hombre dijo: "-Parece que se cayó la llamada".
Estuvimos en el cuartel desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde. Gracias a una señora que nos brindó cuatro pedazos de plátanos con Paco Fish, yo no quería comer, pero el hambre es lo más grande que hay, comimos y gracias a Dios no nos envenenaron. Un camión pasó por el frente del cuartel, el sargento lo paró y les pidió que nos sacaran del lugar, en el vehículo viajaba un teniente de la guardia, nos subimos rápidamente e inmediatamente empezaron a llover las piedras, parece que nos estaban acechando. El chófer aceleró como un loco, dobló una esquina en tres ruedas y logramos salir de ese infierno.
Llegamos a la ciudad sucios, demacrados y cada vez que hablaba del acontecimiento se me salían dos lagrimones. El chófer del camión nos dejó a la entrada del pueblo y no sé si eran los nervios, pero yo sentía que nos estaban persiguiendo y parece que fue el Demonio, sonó una explosión y salimos corriendo como la "jon del Diablo", pensando que nos estaban disparando, pero alguien nos grito: -"No corran que eso fue un motor que lo están calibrando"-. Que vergüenza pasamos, dos hombre corriendo con sendas escopetas al hombre por la explosión de un motor.
Cuando llegamos a la oficina del usurero nos miró como si fuéramos dos ratas, los dos cobardes más grande del mundo. Nos dijo que no nos pagaría porque abandonamos el lugar, que no servíamos para nada. Lo miré y como quien no quiere la cosa le dije: -"Si usted cree que nosotros salimos de ese lugar por cobardes y que solo habían unas cinco o diez personas, venga con nosotros"-. Él nos miró, tragó en seco y nos dijo: -"Solo les daré doscientos pesos, ya que no hicieron el trabajo".
Como quien no quiere la cosa lo apunté a la cabeza con la escopeta, yo estaba como a cinco pasos de él, y le dije: -"Mire el hombre, con el susto que nosotros pasamos si usted no nos paga lo que quedamos yo prefiero coger veinte años"-. Doblé el dedo en el gatillo, el hombre abrió los ojos como un loco y nos dijo: -"Yo estaba relajando, miren su dinero completo"-. Tomamos la paga y nos dirigimos a la compañía para la que trabajamos.
Cuando los compañeros que estaban en la oficina nos vieron empezaron a reírse como locos, nos apuntaban con un dedo y seguían riéndose. Entré al baño y descubrí el motivo de la risa: es que parecíamos payasos, nuestras caras, cabeza y todo el cuerpo estaban cubiertos de tierra y en la cara, debajo de los ojos, se me habían dibujado dos lagrimas que iban desde la parte baja de los ojos hasta el cuello. Me lavé la cara, en eso llegó el jefe de nosotros y le dije: -"Mire comandante, a ese lugar no vuelvo yo ni a recoger oro"-. Él nos miró, suspiró y dijo: -"No se preocupen muchachos que no los volveré a mandar, es que me dio pena verlos tan demacrados y mira a tu compañero, hasta se orinó en los pantalones".
Así son los desalojos en nuestro país, un usurero le presta a alguien una cantidad de dinero, la persona no lo puede pagar, le tiran sus cosas a la calle y el maldito se queda con la propiedad. Lo peor de todo es que esos usureros se han hecho millonarios con la desgracia de los infelices y encima de eso uno tiene que arriesgar la vida por ellos, y todo por una miseria. A mí que nadie me hable de desalojo ni en esta vida, ni en la otra.
Nota del editor y escritor: cualquier similitud con la realidad no es pura coincidencia. Evitamos los nombres para evitar represalias.
¡¡¡LA VERDAD SIN INSULTOS!!!
(HRCV)

Previous Entries