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| Este es el niño que Dios puso en mi camino para cambiar mi vida. Después de ese día jamás lo volví a ver... |
Era una mañana calurosa de verano, salí de mi casa ha dar una vuelta por
la ciudad de Barahona, pasé por el Malecón, subí la calle Nuestra
Señora del Rosario, paré un rato en el Parque Central, luego subí a la
panadería y compré pan para mi familia. Cuando iba de la panadería a mi
hogar pasé por el frente de la escuela Leonor Feltz y vi algo que llamó
poderosamente mi atención: un niño buscaba desesperadamente en la
basura de dicha escuela.
Detuve mi automóvil, llamé al niño, abrí la funda del pan, saqué uno y
se lo ofrecí al muchacho, quien extendió su mano rápidamente para
agarrarlo, como si temiera que se le escapara. Luego de tomar el pan el
niño dijo algo que cambio mi vida para siempre: -"Que Dios lo ayude y
se lo multiplique"-. Esa frase, que en cualquier momento pudo pasar
desapercibida, me enseñó la grandeza del ser humano. El niño que
buscaba comida en un zafacón le pedía a Dios que me ayude a mí,
olvidándose de su desgracia le pedía al Todopoderoso que me ayude y
multiplique el pan que le di.
Aprendí la lección que Dios había puesto en mi camino usando a un niño
pobre para decirme que un pan, para el que lo tiene todo, son cinco
pesos, pero para el que no tiene nada puede ser la comida de todo un día
o la linea entre robar o permanecer honesto, el hambre, en ocasiones,
obliga. Desde ese día nunca he permitido que alguien a mi lado sufra
hambre, no importa si la sufro yo.
Les diré algo que quizás les parezca extraño: Tengo por costumbre pasar
unas horas de hambre todos los días, ya que he notado que los ricos y
poderosos no se conduelen de los pobres hambrientos porque, de tener
tanto, se les olvidó lo que es tener hambre, se les olvidó que el hambre
duele. Por eso ustedes ven a políticos indolentes que no se conduelen del hambre y las necesidades de los pobres, solo se preocupan por acumular poder y dinero, dinero robado a los pobres que desprecian.
Por lo antes dicho es que algunos ricos no se apiadan cuando alguien les
pide alegando hambre, no se puede entender algo que nunca se ha sufrido
y, si alguna vez se sufrió, tienen tanto que ya se les olvidó. Por eso
paso unas horas de hambre todos los días desde hace años, para que no
se me olvide lo que sufren los que nada tienen, así los entiendo cuando
me dicen que tienen hambre.
Quise contarles esta anécdota e historia de vida para que puedan
apreciar como Dios hace las cosas y como usa cada momento y hora para
enseñarnos el camino del bien. Espero que esta breve historia les sirva
de algo en sus vidas. No hay satisfacción más grande que dar de comer a
un hambriento. Recuerden siempre que lo insignificante para uno puede
ser lo que le salve la vida a otro.
Tengo por norma no pedirle al Señor nada para mí, nunca me he puesto de
rodillas para pedirle al Todopoderoso algo material o salud para mi
persona, ya que sé Él sabe mis necesidades y siempre me dará lo que
necesito. Hay una frase que suelo usar siempre que voy a comer, dice
así: -"Padre Amado, dale pan a los que tienen hambre, y hambre y sed de
justicia a los que tienen pan".
¡¡¡LA VERDAD SIN INSULTOS!!!
(HRCV)